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LA LLUVIA COMO MITOLOGÍA

septiembre 10, 2007

Es sabido que la necesidad de conocimiento y la curiosidad son hechos innatos a la condición humana. Los seres humanos necesitan dar respuesta a las preguntas a cerca de su origen, su destino, su presente… La respuesta mitológica fue la primera en aparecer. Agricultores que necesitan lluvia, marineros que quieren dominar el mar, guerreros que quieren vencer batallas, campesinos con miedo a las tormentas. Todos ellos encontraron respuestas en los mitos: la lluvia era generada por un dios, el mar bravo era el enojo de Poseidón, Ares apoyaba a los ejércitos que más lo complacían, Zeus lanzaba los rayos de las tormentas…

EL MITO CHINO DE LA CREACIÓN

Los cielos y la tierra eran solamente uno y todo era caos (cuando las fuerzas yin y yang estaban equilibradas). El Universo era como un enorme huevo negro, que llevaba ren su interior a P’an-Ku. Tras 18.000 años P’an-Ku se despertó de un largo sueño. Se sintió sofocado, por lo cual empuñó un hacha enorme y la empleó para abrir el huevo. La luz, la parte clara (yang), ascendió y formó los cielos, la materia fría y turbia permaneció debajo para formar la tierra (yin). P’an-Ku se quedó en el medio, con su cabeza tocando el cielo y sus pies sobre la tierra. La tierra y el cielo empezaron a crecer a razón de diez pies al día, y P’an-Ku creció con ellos. Después de otros 18.000 años el cielo era más grande y la tierra más gruesa; P’an-Ku permaneció entre ellos como un pilar gigantesco, impidiendo que volviesen a estar unidos.

P’an-Ku falleció y distintas partes de su organismo, se transformaron en elementos de nuestro mundo. Su aliento se transformó en el viento y las nubes, su voz se convirtió en el trueno. De su cuerpo, un ojo se transformó en el sol y el otro en la luna. Su cuerpo y sus miembros, se convirtieron en cinco grandes montañas y de su sangre se formó el agua. Sus venas se convirtieron en caminos de larga extensión y sus músculos en fértiles campos. Las interminables estrellas del cielo aparecieron de su pelo y su barba, y las flores y árboles se formaron a partir de su piel y del fino vello de su cuerpo. Su médula se transformó en jade y en perlas. Su sudor fluyó como la generosa lluvia y el dulce rocío que alimenta a todas las cosas vivas de la tierra y las pequeñas criaturas que poblaban su cuerpo (pulgas en algunas versiones), llevadas por el viento, se convirtieron en los seres humanos.

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Dragón espiritual chicno y japonés que controla la lluvia y el viento.

EL MITO TIBETANO DE LA CREACIÓN

En el principio era la Vacuidad, un inmenso vacío sin causa y sin fin. De este gran vacío se levantaron suaves remolinos de aire, que después de incontables eones se volvieron más densos y pesados, formando el poderoso cetro doble rayo, el Dorje Gyatram.

El Dorje Gyatram creó las nubes, las cuales, a su vez, crearon la lluvia. Esta cayó durante muchos años, hasta formar el océano primigenio, el Gyatso. Luego, todo quedó en calma, tranquilo y silencioso, y el océano quedó límpido como un espejo.

Poco a poco, les vientos volvieron a soplar, agitando suavemente las aguas del océano, batiéndolas hasta que una ligera espuma apareció en su superficie. Así como se bate la nata para hacer mantequilla, del mismo modo las aguas del Gyatso fueron batidas por el movimiento rítmico de los vientos para transformarlas en tierra.

La tierra emergió como una montaña, y alrededor de sus picos susurraba el viento, incansable, formando una nube tras otra. De éstas cayó más lluvia, sólo que esta vez más fuerte y cargada de sal, dando origen a los grandes océanos del universo.

El centro del universo es el Rirap Lhunpo (Sumeru), la gran montaña de cuatro caras hecha de piedras preciosas y llena de cosas maravillosas. Existen ríos y arroyos en el Rirap Lhunpo, y muchas clases de árboles, frutos y plantas, pues el Rirap Lhunpo es especial, es la morada de los dioses y los semidioses.

En torno al Rirap Lhunpo hay un gran lago, y rodeando a éste, un círculo de montañas de oro. Más allá del círculo de montañas de oro hay otro lago, éste también rodeado por montañas de oro, y así sucesivamente hasta siete Lagos y siete círculos de montañas de oro y más allá del último círcculo de montañas se encuentra el lago Chi Gyatso.

En el Chi Gyatso es donde se encuentran los cuatro mundos, cada uno de éstos semejante a una isla, con su forma particular y sus habitantes distintos.

Espíritu de la Lluvia (Olmecas)

La imagen Olmeca del espíritu de la lluvia aparece frecuentemente en la mitología de exitosas culturas. Invariablemente el espíritu de la lluvia es masculino, aunque pueda tener una esposa que comparta autoridad sobre las aguas. Frecuentemente se percibe como un niño o un joven, algunas veces como un enano. También puede ser descrito como un poderoso dios de la lluvia, con diversos ayudantes.

En las tradiciones Azteca y Maya, el señor de la lluvia es un espíritu maestro atendido por diversos ayudantes. Su nombre en el lenguaje azteca es Tlaloc y sus ayudantes son llamados “tlaloque.” La versión Maya del Yucatán les denomina como Chac y los “chacs.” En el área de Guatemala, estos espíritus son frecuentemente asociados con el rayo y el trueno así como con la lluvia. Los espíritus de la lluvia son conocidos como Mam y los “mams” entre los Mopan de Belice. En algunas tradiciones, como es con los Pipil de El Salvador, la figura del maestro se pierde, y los mitos se enfocan en los “niños de la lluvia”. Los náhuatl de la actualidad consideran estos numerosos espíritus como duendes o “gente pequeña”. En el Estado de Chiapas, la comunidad Zoque reporta que los espíritus de la lluvia son muy viejos pero lucen como niños.

Tlaloc, dios azteca de la lluvia

Tlaloc era el dios de la lluvia y del relámpago entre los aztecas. Se lo distingue por sus “ojos saltones” y por sus dientes de jaguar. Su parte de jaguar deriva de la cultura Olmeca, cuyo dios de la lluvia era representado como un hombre-jaguar.

Algunos investigadores piensan que el mito fundamental de la creación entre los olmecas hablaba de la cópula entre una mujer y un jaguar, de cuya unión nacieron los olmecas, literalmente, “pueblo del jaguar”.

Tlaloc era conocido como “el proveedor” porque en su poder estaba la producción de lluvia que hacía crecer el maíz. Era el señor de los fenómenos atmosféricos y de los espíritus de las montañas

MITOLOGÍA DE CANTABRIA:

nuberos.gif   LOS NUBEROS

Los Nuberos son los genios traviesos y maliciosos que montados en nubes grises se divierten provocando tormentas con la intención de asustar con sus rayos a los animales y destruir con el granizo las cosechas de los hombres.
Son pequeños, de cara maliciosa y aspecto obeso. Siempre aparecen montados en sus nubes que ellos mismos crean y desde ellas controlan el granizo, el rayo y la lluvia. Crean sus nubes gracias a un poder especial que tienen y no les son necesarios componentes para realizarlo. También pueden invocar rayos a voluntad, y no dudarán en utilizarlos como armas si son atacados o molestados.
Los nuberos suelen cometer sus fechorías a antojo pudiendo incluso reunirse varios de ellos para juntos formar un gran nubarrón de tormenta con la que divertirse.

LOS GRIEGOS

Todo ocurrió en una noche estrellada. Dánae yacía desnuda en su lecho mientras soñaba con la ansiada libertad, cuando por una de las rendijas de la cámara, apareció Zeus, que transformándose en una suavísima lluvia dorada, entró dentro de la habitación. Así, gota a gota, fue cayendo Zeus sobre el cuerpo desnudo y asustado de Dánae, impresionada por tan importante visita.

Estas gotas doradas, uniéndose en un abrazo luminoso y vibrante, la poseyeron, introduciéndole la semilla de una nueva vida: la del futuro héroe Perseo.

El hecho estaba ya consumado, cuando Dánae le pidió a Zeus la libertad y su salvación, a cambio de haberse entregado a él. Éste le pidió calma y le prometió su ayuda. Sin embargo, momentos después Acrisio descubre que su hija ha sido poseída, según él por Preto, y decide actuar rápidamente y con crueldad antes de que se cumpla el pronóstico del oráculo. Siguió cruelmente las reglas que imponía la tradición en estos casos: arrojar al niño al río más cercano, en este caso, al mar.

Sin embargo, el niño no iría sólo ya que le acompañaría su madre, la cual estaba tranquila por la promesa divina recibida.

Así iniciaron los dos, Dánae y el pequeño Perseo, el viaje dentro del arcón que gracias a los vientos favorables y a las olas impulsadas por Poseidón, llegó a la isla de Sérifos, donde fueron rescatados por el pescador Dictis que los acogió en su casa.

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